• Ámbito laboral y económico.
A lo largo de muchos años, el papel asignado a las mujeres las obligaba a desempeñar dos funciones prioritarias: ser amas de casa y cuidar a su familia. Tradicionalmente se ha animado a los hijos a estudiar y a superarse cada día más, para encontrar un buen puesto de trabajo que le proporcionara el reconocimiento de la sociedad y, por supuesto, la independencia económica y a las hijas a prepararse para cumplir el rol establecido.
Hoy en día, el número de mujeres que estudian y trabajan fuera de casa es muy numeroso y pueden llegar a ocupar puestos importantes en el campo laboral. Sin embargo los hombres desempeñan todavía la mayoría de los trabajos de mayor relevancia social, que suelen ir unidos a mayor remuneración económica. Esto se traduce, en la concentración de mujeres en determinados empleos y en la ausencia de otros, teniendo como consecuencia una desvalorización social de las profesiones consideradas como tradicionalmente femeninas
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    • Ámbito familiar: reparto de tareas domésticas, cuidado de los hijos...
El trabajo dentro del hogar y la adopción de decisiones están repartidas dentro de la familia, de acuerdo con unos roles culturalmente establecidos a partir de la división sexual del trabajo entre mujeres y hombres. En la inmensa mayoría de los casos, las actividades cotidianas del trabajo doméstico incumben fundamentalmente a las mujeres, siendo el papel del hombre, de alguna manera residual, ya que se limita, en la mayoría de los casos, a las reparaciones.
Ese trabajo doméstico, "invisible", es imprescindible para que todas las demás personas de la familia realicen trabajos remunerados, estudien y disfruten, siendo ésta una ocupación que no da derecho a sueldo, ni jubilación, ni vacaciones, ..., ni siquiera a ser considerada como población activa.
Fichas: ¿Quién hace qué?, La jornada interminable

    • Ámbito escolar.

Hasta 1871 en nuestro país las niñas no tenían derecho a una educación equivalente a la de los niños, que eran los únicos que podían acceder a estudios medios y superiores. Después de la guerra civil se anula el derecho a esta educación equivalente que se vuelve a recuperar con la Ley General de Educación de 1970. En este contexto de normas y costumbres tan difícil, es interesante observar a través de las cifras estadísticas, la rápida incorporación de las mujeres al sistema educativo.
De acuerdo con los datos del año 2005 ofrecidos por el Instituto de la Mujer en “Mujeres en cifras”, el 47,10% de las personas que han terminado los estudios secundarios son mujeres, el 49,04% de personas que han cursado formación e inserción laboral son mujeres, y el 49,97% de las personas que poseen una titulación superior son mujeres; el porcentaje de mujeres que han terminado cursos de doctorado es algo más bajo: 35,34% del total de personas con doctorado.
Estos datos nos indican la voluntad de las mujeres por incorporarse a los distintos niveles educativos, llegando a alcanzarse niveles muy similares desde la educación primaria hasta los niveles superiores.
A pesar de este avance tan espectacular, existen todavía diferencias importantes entre mujeres y hombres en su forma de participar en la educación y la formación, como por ejemplo, a la hora de elegir las opciones formativas y las especialidades que, posteriormente, influirán en el desarrollo de la carrera profesional.
De esta forma, las mujeres se inclinan más por opciones de Humanidades y Ciencias Sociales frente a los hombres que suelen elegir estudios científico-técnicos.
Desde la igualdad de oportunidades, se busca una educación en la que niñas y niños reciban una formación basada en principios de equidad entre los sexos. Esta formación abre el camino para el acceso igualitario al mercado de trabajo de mujeres y hombres pero, sobre todo, para el cambio cultural tan necesario en la construcción de una sociedad más justa y equitativa.
    • Ámbito de la pareja
Los malos modos, los abusos, el acoso sexual, la violencia física y verbal y todas las conductas intimidatorias entre escolares y en la propia familia (sobre todo a niñas y mujeres) no es un fenómeno nuevo, es un problema que siempre ha existido, aunque hasta muy recientemente no hemos sido sensibles a su importancia y sus consecuencias.
Estos fenómenos causan efectos psicológicos negativos, tanto en víctimas como en agresores y en las demás personas que no quieren acostumbrarse a vivir en situaciones en las que las relaciones interpersonales incluyen el abuso y la intimidación.
Para combatir todas estas manifestaciones de violencia se hace necesario reformar relaciones para integrar valores que rechacen la violencia en general y la violencia contra las mujeres, en particular.
La educación en valores es, por tanto, el mejor modo para eliminar la violencia en todas sus manifestaciones.

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